En un lugar
muy lejano en el tiempo cuando yo tan solo era chiquillo y no tenía
uso de razón yo era lo que se denominaba un marginado, volvía todos
los días golpeado, magullado y lleno de moratones. Vivía con mi
padre un veterano de la guerra de Iraq, cuyo brazo y felicidad se
quedaron allí y mi madre fue una de las víctimas del atentado en el
metro de Madrid.
Era una fría
tarde de octubre cuando volvía de ese infierno llamado colegio, en
el cual solo recibía palizas, de los que mi tutora Sara, decía que
eran compañeros, aguantaba tediosas charlas sobre asignaturas que a
mi parecer eran absurdas e innecesarias. Bajé de la bici y saqué
mis viejas y corroídas llaves y las introduje en el pomo. Abrí la
puerta y me encontré a un hombre con un pasa montañas en la cabeza y
un arma en la mano. Descubrí que no había dudado en usarla contra
mi padre, vi su cadáver yacente en suelo con la cara ensangrentada y
una bala entre ceja y ceja, su cara expresaba un gran exalto. El
ladrón saltó por la ventana y desapareció entre la muchedumbre. Me
quedé ahí perplejo ante el panorama que había presenciado.
Al poco
tiempo pase a manos de un tío mio, que era ciego que y apenas había
visto en muchos años. El tío estaba muy afectado por la tragedia y
yo estaba enfadado con el mundo. Hacía días que no comía y estaba
como ausente, recordando si alguna vez estuve feliz de verdad. En el
funeral se presentaron varios vecinos haciendo comentarios absurdos
como si de verdad hubieran sido amigos de mi padre. Al cabo de unos
días yo y mi tío viajamos desde Madrid hasta Gálica en tren,
durante el trayecto los dos nos mostramos distantes respecto al otro.
Mi tío era una persona simpática pero estaba muy afectado por la
muerte de su cuñado a manos de un desconocido, una muerte tan
insignificante como el valor de los objetos que se llevó el ladrón
el día del robo.
Fue un viaje
muy callado ninguno fue capaz de deshacerse del nudo de la garganta y
expresar lo que sentía.
Al llegar a
la casa de mi tío me instalé en lo que seria mi cuarto en mucho
tiempo y allí me quede hasta el día siguiente sin pegar ojo durante
toda la noche. Al día siguiente salí de mi cuarto debido a un
apetitoso olor a huevos fritos con tocino. En la cocina estaba mi tío
cocinando tranquilamente sin que la ceguera fuera un impedimento. Le
di los buenos días y me entregó un plato tan apetitoso que empecé a
comer al instante. Luego le pregunté que pasaría conmigo i me
respondió que haríamos lo que yo quisiera que ya era hora de dejar
el estres y desconectar un poco. Me quedé sorprendido yo que pensaba
que ya me empezaría ha hablar sobre colegios. Suspiré aliviado.
Pasaron los
meses y mi tío y yo estrechamos lazos. Durante un día normal me
entró una gran curiosidad sobre como mi tío se había quedado
ciego. Así que me dispuse ha hacerle la pregunta con el máximo
tacto posible. Cuándo lo hice mi tío no se vio afectado en nada. Me
explico que tuvo un accidente en una fábrica de limpieza y hubo en
fallo en la seguridad y se le cayo acido en los ojos. Pero me explico
que no estuviera triste por él, porque gracias a su desgracia y a
la indemnización había ayudado a mucha gente mejorando los sistemas
de seguridad para que nunca jamás volviera a pasa.
En aquel
preciso instante me di cuenta de que ya había encontrado su misión
en la vida la de ayudar a gente como él, marginados y detener todo
el crimen que estuviera en su mano detener.
Así que
decidí volver al colegio y estudiar todo lo que hiciera falta para
conseguir mi objetivo y poder ayudar a la gente.
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